Mira AQUÍ toda la información sobre la accesibilidad del Splendour of the Seas de Royal Caribbean

 

SURCANDO MARES EN UN TRANSATLÁNTICO

Una buena forma de recorrer varios países en unos días de vacaciones sin necesidad de hacer infinitos kilómetros al volante o de tener que ir en avión de un país a otro, con la consiguiente incomodidad de que nos tengan que subir y bajar constantemente a las aeronaves, es hacer un crucero. En sólo una semana conoceremos diferentes países.

Los grandes barcos actuales llevan de todo a bordo y son totalmente accesibles para las personas con movilidad reducida. No hay que preocuparse de nada, solo de embarcar a la hora prevista. El capitán y la tripulación se encargan del resto. Hay muchas empresas que hacen cruceros por diferentes lugares, incluso alguna da la vuelta al mundo, y los precios ya son asequibles a muchos bolsillos, aunque hay grandes diferencias de unas a otras. Es importante elegir una buena compañía para asegurarnos de que todo está perfecto. Nosotros, por varios motivos, optamos por Royal Caribbean y uno de sus barcos más grandes, Splendour of the Seas, y desde luego no nos equivocamos. Casi todas las compañías que consultamos ofrecían camarotes para personas con discapacidad. Algunas sólo en categorías específicas cuyos precios se disparaban con respecto a la oferta que publicitaban. Otras, aunque tenían camarotes preparados, los accesos para silla de ruedas estaban limitados a algunas partes del barco. Y la mayoría no disponía de camarotes adaptados en los que se pudiese alojar también un niño. Después de mucho buscar, la compañía americana Royal Caribbean cumplía todos los requisitos.

Tiene amplios camarotes especiales para personas con movilidad reducida, con cuarto de baño accesible y preparado, cama de matrimonio y una litera para los niños, pues este viaje es muy recomendable para los pequeños, medianos y grandes de la familia.Cada tarde, tras regresar de nuestra visita diaria a la ciudad de turno y pasar por el camarote encontrábamos todo en perfecto orden y las toallas dobladas encima de la cama formando figuras de lo más pintoresco.

En los cruceros todo está incluido, por lo que comer no es más que una decisión: hacerlo en uno u otro de los varios restaurantes. Los hay self-service para picar lo que más nos guste, con diversidad de platos y refrescos, y de comida rápida junto a las piscinas. También dos restaurantes “formales”, donde compartir mesas con otros pasajeros y pedir a la carta. Para ello, hay que reservar y así evitar los posibles llenos de última hora. En cuanto a la bebida, es libre el té, el agua, la limonada y el café; el resto hay que pagarlo. En este transatlántico había tantos restaurantes y a tantas horas diferentes que te podías pasar comiendo el día entero. Cuando cerraba el restaurante de una zona, abría el de otra. No hay limitación ninguna, algo muy cómodo, ya que así puedes comer a la hora que mejor se adecúe a tu horario.

Una vez saciado el apetito, moverse por el barco es un verdadero placer: todo está accesible. Con los ascensores nos comunicamos con todas las plantas, en las que disfrutar desde una exposición a la biblioteca, salas de baile y espectáculos o llegar a la cubierta. Hay espacio para dar largos paseos, incluso hay circuito para correr, o tomar el sol, usar la piscina o diversos espacios de juego: billar, tenis de mesa, golf, escalada,… Todo lo que uno se pueda imaginar.

Lo que sí recomendamos a la hora de hacer un crucero es que os llevéis todo tipo de ropa, tanto informal como algo más de vestir o incluso de gala. La tripulación deja todos los días en cada camarote la programación del día siguiente, en la que se indica la manera más recomendable de vestir en cada actividad, o en cada restaurante. Una de las noches es la destinada a la recepción por parte del capitán del barco que, tras dar la bienvenida, saluda uno por uno a todos los pasajeros, y los que los deseen se pueden hacer una foto con él. Tras este breve acto ofrece una cena de gala en la que la gente viste muy elegante, totalmente de fiesta. Para esta ocasión os podéis llevar esa ropa que comprasteis una vez para una boda o para una fiesta y continúa en el armario; o esos zapatos con tacones de vértigo que no encontráis la ocasión para lucirlos.

Nuestro barco zarpó de Barcelona, donde dejamos el coche en el parking del puerto. Desde allí en un taxi hasta el barco, ya que el muelle de transatlánticos está lejos del aparcamiento. La primera parada fue Marsella, luego Villerfrance sur Mer, Mónaco, Livorno, Civitavechia y Nápoles. En alguna de ellas hay autobuses esperando en el puerto para llevar a todos los que deseen hasta el centro de la ciudad y regresar de nuevo a media tarde, hora en la que de nuevo zarpaba el barco. En otras como, Marsella o Nápoles, el muelle estaba en el mismo centro de la ciudad lo que te permite pasear por la ciudad y acercarte de nuevo al barco a comer para evitar el gasto en un restaurante.

En Villerfrance sur Mer, el trasatlántico fondea en la bahía y desde allí, sin ningún problema, nos traslada en una pequeña embarcación hasta el puerto. Desde aquí podemos visitar esta pequeña localidad de la Costa Azul, donde destaca en su casco antiguo La Ciudadela, construida para defenderse de los piratas. No nos podemos perder la rue Obscure, una calle medieval cubierta con enormes arcos.

A diez minutos andando del puerto hacia la derecha, está la estación de Villerfrance, desde donde salen trenes cada 15 minutos tanto a Mónaco como a Niza. No hay ninguna dificultad para subir al tren, ya que hay vagones destinados a pasajeros con bicicletas en los que también accedemos nosotros. El billete de ida y vuelta a Mónaco cuesta 4,5€. El Principado es una ciudad toda cuesta arriba, ya que está en la ladera de una montaña que nace junto al puerto. Pero es muy fácil subir, ya que entre las casas hay ascensores públicos y gratuitos que nos van llevando de una calle a otra hasta llegar a la parte alta.

Al final del túnel hay un elevador que nos traslada al barrio de Montecarlo con su famoso Palacio del Príncipe, desde donde tenemos unas vistas impresionantes de la ciudad y su puerto a través de dos miradores. En esta zona también está el mítico casino de Montecarlo, que a más de uno ha dejado en ropa interior. Para subir al casino también hay un ascensor. (Cuando fuimos estaba con reformas en la fachada).

Otra parada del crucero fue Nápoles, donde junto al muelle de transatlánticos, salen los autobuses turísticos que recorren la ciudad. Son de dos plantas, accesibles totalmente en la planta baja, tienen el audio guía en diferentes idiomas y aire acondicionado (en verano, el calor en Nápoles puede llegar a ser agobiante). Es muy recomendable optar por estos recorridos, en los que además nos podemos subir y bajar en las diferentes paradas de los trayectos, ya que Nápoles es una ciudad con muchas cuestas.

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