ROMANOS EN SEGÓBRIGA

Visitar unas ruinas romanas también tiene su encanto, sobre todo si hablamos de la ciudad romana mejor conservada de la Meseta. En ella, un pedazo de historia en ruinas, podremos rememorar el esplendor de una ciudad que, allá por el siglo I de nuestra era, brillaba en todo su esplendor. 

Y es que por allí, por la actual provincia de Cuenca, los romanos encontraron un filón de un material que era único en su época: el cristal. Cristales para colocar en sus ventanas, separaciones dentro de las viviendas y adornos en general. Eso hizo que a principios de nuestra era, Segóbriga fuese una importante ciudad que basó su expansión, además de en la agricultura y ganaderia, en este material. Posteriormente, cuando se descubrió el vidrio, empezó la decadencia y, por consiguiente, el olvido y destrucción del esplendor de esta ciudad. Pero ¿cómo se presenta una visita para un usuario de silla de ruedas? En la acutalidad, tras muchos años re recuperación de todos los elementos que componían esta ciudad que imitaba a Roma, podemos disfrutar de una agradable jornada visitando sus restos. Y con bastantes facilidades. A comienzos de los noventa, la visita era gratuita y totalmente libre. Se podía entrar y ver, sobre todo, el anfiteatro. Por caminos de tierra totalmente desorganizados se podía llegar a su interior. Con este vago recuerdo hemos repetido la visita y ¡cómo ha cambiado!

En primer lugar hay que pagar una pequeña entrada para sufragar los gastos de restauración y el mantenimiento. En esta maravilla de más de dos milenios, recorrer el recinto nos puede llevar entre tres y cuatro horas. Ahora el conjunto se denomina Parque arqueológico de Segóbriga y su visita, con la ayuda de las nuevas tecnologías (una autoguía en mp3), nos facilitará el descubrimiento de sus secretos. Al entrar encontramos el centro de interpretación, que nos ayuda a conocer, situar e interpretar los restos de la ciudad. En él hay una exposición permanente y una sala de medios audiovisuales.

Un largo camino de tierra nos llevará a la ciudad propiamente dicha. El anfiteatro nos recordará las tardes de gloria de los gladiadores y fieras. Se puede acceder a la arena y contemplar el graderío. Al otro lado del camino, el teatro, pequeño pero con unas gradas bien conservadas. Esto lo encontramos a la entrada de lo que sería la ciudad de Segóbriga. Luego hay que comenzar una subida por una rampa de tierra que nos lleva hasta el corazón de toda ciudad romana: el foro, en cuya explanada salpicada de restos de columnas o muros, podemos hacernos una idea de la importancia de esta plaza pública para los romanos. Igualmente podremos ver lo que queda de la basílica (lugar donde se realizaban las operaciones comerciales), las termas (espacios de recreo), el templo o los restos de la muralla y las puertas de acceso a la acrópolis. 

Además de los restos de la ciudad, en las afueras podremos ver los restos del acueducto y a los lados de los caminos, que salían hacia otros puntos de la geografía romana, se encuentran los enterramientos, las necrópolis. Podemos ir por las pistas de tierra y ver las tumbas de piedra en las que los romanos y, posteriomemente, visigodos enterraban a sus difuntos.

Es otra forma diferente de pasar un rato agradable en plena meseta, con el silencio como compañero y con más de dos mil años de historia. Un paseo accesible en silla de ruedas, con momentos en los que habrá que pedir ayuda, sobre todo, para acceder a la acrópolis.