Cueva de las ventanas, Píñar. Granada  

Hace algunos años, a finales del pasado siglo, nos llegó una noticia muy curiosa: se abría la primera cueva en España accesible para usuarios de silla de ruedas. Parecía increíble que se pudiese hacer un recorrido subterráneo eliminando las dificultades para que, con ayuda, personas con discapacidad pudiesen acceder hasta las entrañas de la tierra. En la página web del museo ya lo anuncian con el símbolo internacional.

Y como la mejor manera de conocer la realidad es visitar la cueva, allá que fuimos. En esta ocasión acompañamos a los alumnos de 2º de primaria del colegio Las Mimbres, de Maracena. Eso ocurría en el año 2000, un año después de su inauguración. Posteriormente hemos ido otra vez, en agosto de 2010, con toda la familia.

En primer lugar, hay que llegar hasta la localidad de Píñar, a unos 50 km de la capital granadina. Una vez allí, adquirimos las entradas a la cueva (gratis para el acompañante del viajero discapacitado) e hicimos un pequeño recorrido desde el pueblo hasta la entrada de la gruta en uno de esos trenecitos que pululan por toda nuestra geografía.

       Es conveniente avisar con tiempo, pues preparan el tren para que el pasajero en silla pueda acceder al mismo. No fue nuestro caso, y nos tuvimos que acomodar con ayuda en uno de los vagones. Tras ese paseo hasta las proximidades de la cueva, nos dejan a pocos metros de la entrada. Desde allí sale una rampa que zigzaguea entre almendros y olivos.

La cueva tiene un nombre que alude a los huecos que se abren hacia el exterior. Uno de ellos, más que ventana, hace de puerta de entrada a la misma. Protegida por rejas, una vez salvada esa primera dificultad, accedemos a una enorme sala de entrada en la que podemos apreciar diferentes tareas que desempeñaban los hombres del paleolítico y del neolítico, representados con cierta fidelidad por algunos maniquíes. Tras escuchar las explicaciones de nuestra guía y seguir sus recomendaciones, comenzamos una visita de casi una hora y nos adentramos en un largo pasadizo (el pasillo) que se estrecha y hace incluso dificultoso el paso por altura de una persona sentada en una silla de ruedas. Pero se logra. Esta primera parte se puede hacer sin ayuda, si no se es aprensivo o supersticioso, ya que pasamos junto a la fosa de los huesos y otra recreación de enterramientos prehistóricos.

Entramos en la cueva de manga corta, aunque conforme avanzamos, notamos que la temperatura desciende hasta estabilizarse en los 13 grados. Por eso siempre es conveniente llevar ropa de abrigo, sobre todo, como en nuestro caso, si se viaja en compañía de niños. Para estos, las explicaciones de las guías están por encima de sus capacidades, pero seguro que se lo pasan bien ante un espectáculo único.

A partir de aquí, comienzan una serie de rampas metálicas que nos van a llevar al corazón de la cueva. Ahora sí que necesitamos de ayuda, pues hay pendientes pronunciadas y a su vez húmedas, que hacen dificultoso, si no peligroso, intentar bajar uno mismo. Descendemos a lo más profundo de la cueva y podemos disfrutar de unas magníficas vistas desde el balcón-mirador. En el fondo de la cueva, en la sala de las Piletas, hay un auditorio natural donde se ofertan conciertos con una sonoridad, dicen, espectacular. Habrá que volver a comprobarlo.

De nuevo se comienza el ascenso, igualmente en zigzag y con la ayuda de otra persona. Pasamos por diferentes pasillos y podemos recrear la imaginación viendo figuras animales o vegetales en las innumerables estalactitas y estalagmitas que llenan esta enorme cueva calcárea. Lentamente subimos hasta llegar al nivel de la entrada y de nuevo la luz natural se ve a lo lejos, como no, proveniente de las ‘ventanas’. En el camino de vuelta también podemos ver algunos animales que en su tiempo vivieron en nuestra geografía y que ya se extinguieron. Es el caso de una madriguera en la que ‘viven’ algunas hienas. Volvemos a la sala de entrada contentos por el espectáculo que nos acaba de regalar la naturaleza.

Y al salir es cuando nos damos cuenta que llevamos puesta demasiada ropa. Pasar de trece a más de treinta grados en pocos segundos hace que regresemos a la calurosa realidad del verano.

El tren nos lleva hasta el centro del pueblo y damos por terminada la visita. Ahora, a tomarse el aperitivo y una típica comida andaluza, donde no debe faltar el gazpacho.

Y desde aquí, no os olvidéis de ir a Granada y visitar La Alhambra

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